"No me pidas que te olvide", decía el papel. "Porque cada paso que dé lejos de aquí estará guiado por tu recuerdo. Dicen que el amor debe darnos alas para volar juntos, pero el nuestro nos exige aprender a volar separados. Si alguna vez te preguntas por qué dolió tanto, recuerda que amarte fue la razón de todo lo que fui y de todo lo que seré".

—Podríamos intentarlo —le había dicho ella aquella tarde, con la voz rota—. La distancia es solo un número.

—Porque intenté buscar una vida donde tú fueras solo un capítulo pasado, pero me di cuenta de que eras todo el libro —confesó él, con los ojos empañados—. Huir de ti fue el mayor error de mi vida, y volver a buscarte es la única verdad que me queda. Si amarte fue la razón para marcharme y no destruirte con mis dudas, hoy amarte es la única razón que tengo para quedarme.

Ninguno de los dos habló durante unos segundos que parecieron eternos. El mundo exterior desapareció; solo existían ellos dos y el rastro del tiempo grabado en sus rostros.

De repente, el timbre de la puerta principal rasgó el silencio de la casa. Elena se sobresaltó, derramando unas gotas de café sobre la mesa. Eran pasadas las diez de la noche y no esperaba a nadie. Con el corazón latiendo desbocado por una corazonada absurda que se esforzó en reprimir, cruzó el pasillo y apoyó la mano en el pomo de madera fría.

Elena abrió el cuaderno. La tinta, ligeramente descolorida, revelaba la caligrafía apresurada de Julián. Había una carta doblada en su interior, fechada en su última noche juntos. La leyó por milésima vez, buscando en aquellas palabras la absolución que nunca llegó a concederse a sí misma.

Y ella había vivido. Había continuado con su carrera, había sonreído a nuevos amaneceres y había aprendido a caminar sin buscar su mano al cruzar la calle. Pero vivir no significaba haber dejado de amar. Aquel sentimiento se había transformado; ya no era una hoguera ardiente que lo consumía todo, sino una brasa constante y cálida en el fondo de su alma.

Julián extendió la mano y, con infinita delicadeza, apartó un mechón de cabello mojado de la mejilla de Elena. Su tacto seguía siendo el mismo refugio de antaño.