Esa tarde, Elara no luchó contra dragones ni besó a prÃncipes dormidos. Simplemente ayudó a una bruja a emparejar calcetines que viajaban entre dimensiones y aprendió que, en un cuento de hadas, el mayor acto de valentÃa es dejar de intentar tener la razón.
Elara se quedó petrificada. No era el hecho de que la flor hablara lo que la desconcertaba —habÃa leÃdo suficientes libros para esperar eso—, sino que no sabÃa cuál era el protocolo. ¿DebÃa inclinarse? ¿DebÃa ofrecer agua? —Lo siento mucho —logró decir—. Soy nueva aquÃ. Una novata en un cuento de hadas
—¡Por fin! —rugió la mujer—. La novata ha llegado. Pasa, niña. No muerdo, a menos que intentes corregirme la gramática. Esa tarde, Elara no luchó contra dragones ni
Decidió ir a la izquierda. El orden parecÃa un refugio seguro para una mente racional. No era el hecho de que la flor
¿Te gustarÃa que de Elara o prefieres explorar cómo es el Castillo de Cristal ?
La bruja sonrió, y por un momento, sus ojos reflejaron constelaciones enteras.
Elara miró el calcetÃn. Estaba tejido con hilos de luz de luna y olÃa a lluvia fresca.